Estuve deprimido y con ansiedad hace poco… y nadie se dio cuenta.
Iba a trabajar cada día, cumplía, sonreía, ayudaba.
Respondía mensajes, escuchaba a quien lo necesitaba, seguía siendo esa persona que intenta estar bien aunque por dentro se estuviera desmoronando.
Porque a veces el dolor no grita, sólo se disfraza de rutina.
Y el cansancio no se nota, porque uno aprende a disimularlo bien.
Aprende a seguir, aunque la cabeza sea un laberinto y el corazón, un peso que cuesta sostener.
Mi vida era un caos, pero nunca usé eso como justificación para herir a nadie.
Y ese, aunque pocos lo comprendan, es uno de los mayores actos de fortaleza.
Seguir siendo buena persona cuando el mundo te pesa, cuando apenas puedes contigo mismo, cuando lo más fácil sería volverte frío o distante.
Pero no lo hice.
Porque entendí que la oscuridad no se apaga con más oscuridad.
Y que incluso en medio de mis ruinas, podía elegir no convertirme en aquello que me dolía.
Estuve mal, pero aún así fui amable.
Estuve roto, pero seguí cuidando.
Estuve agotado, pero nunca dejé de intentarlo.
A veces el mayor ejemplo de amor propio no es sonreír, sino no dejar que el dolor te cambie la esencia.
Porque, aunque nadie lo viera,yo seguí siendo yo.
Y eso —en absoluto silencio—fue mi manera de resistir.
Continuará…
Deja un comentario