Hoy amanecí con esa sensación de peso en el pecho que llega sin avisar.
No es tristeza del todo, ni tampoco nostalgia.
Es ese punto intermedio en el que uno ya no llora, pero tampoco olvida.
En el que sabes que avanzas, pero el corazón sigue mirando hacia atrás, buscando entender por qué algo tan bonito tuvo que doler tanto.
He aprendido que hay amores que no se apagan, solo se transforman.
Que por más razones que la mente tenga, el alma tarda en aceptar que hay cosas que no volverán.
Y sí, lo intento, cada día.
Intento soltar, reconstruirme, llenar los huecos que dejó tu ausencia con otras cosas, con otros sueños, con mí mismo.
Pero hay días —como hoy— en los que todo lo vivido regresa sin permiso, como una marea que arrastra y te recuerda que aún no sabes del todo cómo flotar sin mirar atrás.
No es debilidad, es humanidad.
Porque hay historias que dejan huellas, no heridas.
Y aunque duelan, también fueron parte de lo que nos hizo ser quienes somos ahora.
Hoy no busco olvidar.
Solo aceptar que recordar también puede ser una forma de sanar.
Que no hace falta borrar lo que duele para seguir adelante.
A veces basta con aprender a mirarlo sin romperse.
Quizá la verdadera paz no llegue el día que deje de doler, sino cuando pueda pensar en todo lo que fui, sin sentir culpa por seguir sintiendo.
Continuará…
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