Hay momentos en la vida en los que uno se cansa.
No de la gente, ni del trabajo, ni siquiera del dolor.
Se cansa de sostener, de aguantar, de intentar comprender todo lo que ya no tiene explicación.
Y llega un punto en el que la única forma de seguir adelante es empezar de nuevo.
Yo he llegado a ese punto.
Después de diez años trabajando en el mismo lugar, cargando con responsabilidades, con personas, con silencios y con presiones que me han desgastado poco a poco.
He sido de los que nunca se rinde, de los que se quedan hasta tarde, de los que dan la cara incluso cuando todo se desmorona.
Pero últimamente siento que el precio ha sido demasiado alto: he perdido la paz.
Y no solo en el trabajo.
También en lo personal he estado sosteniendo más de lo que puedo.
He sido apoyo, hombro y refugio para alguien a quien quise como no he querido a nadie.
He intentado hacerla brillar incluso cuando yo mismo me apagaba.
Y aunque lo hice con el corazón, lo cierto es que me ha pasado factura.
Porque cuando te conviertes en el salvavidas de alguien que no quiere aprender a nadar, terminas hundiéndote también.
Por eso hoy necesito algo distinto.
No quiero seguir luchando por sobrevivir en un entorno que me asfixia ni en una historia que ya no me pertenece.
Quiero empezar de cero, no para escapar, sino para respirar.
Quiero volver a construir algo que tenga sentido, algo que lleve mi nombre, mi calma, mi ritmo.
Quizás un negocio propio, quizás un bar pequeño donde los días no pesen tanto y donde la gente entre a compartir historias en lugar de reproches.
No lo sé todavía.
Pero lo que sí sé es que no quiero seguir aquí, ni física ni emocionalmente.
Estoy cansado de vivir en lugares que me exigen más de lo que me devuelven.
Cansado de tener que ser fuerte, de tener que aparentar equilibrio cuando por dentro solo queda ruido.
He aprendido que la responsabilidad sin paz se convierte en una jaula, y que el amor sin reciprocidad se vuelve castigo.
Ya no quiero ninguna de esas dos cosas.
Así que este es mi punto cero.
Mi forma de mirar al abismo y decir: “ya basta”.
No sé si mañana todo cambiará, si tendré el valor de hacerlo o si seguiré tropezando en el mismo lugar.
Pero dentro de mí algo ya ha cambiado.
He dejado de intentar sostener lo que me destruye.
Y aunque duela, eso también es avanzar.
Hoy no tengo certezas, pero tengo algo que durante mucho tiempo me faltó: la intención de cuidarme.
Y con eso, aunque el mundo siga igual, yo ya no lo estoy.
No es rendirse. Es elegir la paz antes que el ruido. Es aprender a vivir sin lo que duele.
Continuará…
Replica a Moly Cancelar la respuesta