Hay días en los que no hace falta que pase nada grave para que todo pese un poco más.
A veces simplemente se acumula el cansancio, el ruido, el esfuerzo de sostenerlo todo sin que se note.
Son esos días en los que no hay energía ni para pensar, pero aun así uno sigue.
No sé si lo llamaría fuerza, costumbre o instinto, pero algo dentro se niega a rendirse del todo.
Quizá no sea valentía, sino una especie de fidelidad hacia uno mismo, esa promesa silenciosa de no dejarse caer del todo.
He aprendido que no hace falta brillar cada día.
A veces basta con no apagarse.
Con hacer lo justo: respirar, levantarse, trabajar, intentar dormir.
Con eso ya es mucho.
Porque hay etapas en las que el simple hecho de no rendirse es una victoria.
Etapas en las que uno no busca ganar, sino resistir sin perderse.
Y en medio de todo ese cansancio, de vez en cuando, aparece una pequeña chispa: una conversación amable, un paseo, una canción, una palabra que no esperabas.
Y entonces recuerdas que, a pesar de todo, sigues.
Hoy no hay conclusiones ni moralejas.
Solo la certeza de que sigo.
Aun con poco, sigo.
Continuará…
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