No tengo respuestas.
Y, por primera vez, estoy aprendiendo a aceptar que quizá no las haya, al menos no ahora.
Durante mucho tiempo intenté llenar los vacíos con certezas, buscando sentido a todo lo que me rompía, intentando entender por qué las cosas tuvieron que ser así. Pero lo cierto es que no siempre hay un “por qué”. A veces la vida simplemente pesa, y uno sólo puede sostener lo que queda, con las manos temblando, pero sosteniendo.
Hoy no quiero afirmaciones ni frases bonitas.
Hoy solo quiero hacerme preguntas.
Preguntas que me duelen, pero que necesito decir en voz alta para poder seguir respirando.
Porque dentro de mí hay ruido, cansancio, heridas que no terminan de cerrar… y sé que, si no empiezo a ponerles nombre, acabarán por consumir lo poco que me queda de calma.
Así que, sin orden, sin prisa y sin filtros, me pregunto:
1. ¿Qué hacer cuando has perdido la esperanza?
2. ¿A quién puedo acudir cuando todo me pesa si siento que no tengo a nadie?
3. ¿Cómo le doy un giro a todo lo que me está sucediendo si creo que después de tanto y tanto vivido ya no puedo sostener ese peso?
4. ¿Cómo seguir creyendo en el amor si tengo la sensación de que jamás me quisieron a mí?
5. ¿Cómo puedo conseguir olvidarla y que deje de doler?
6. ¿En qué momento dejé de ser prioridad para mí mismo?
7. ¿Por qué sigo intentando arreglar lo que claramente no depende de mí?
8. ¿Qué necesito soltar para poder descansar de verdad?
9. ¿Cuánto más voy a seguir castigándome por no haber sabido hacerlo mejor?
10. ¿Por qué me cuesta tanto aceptar que no todos sienten como yo?
11. ¿Qué parte de mí sigue esperando una disculpa que nunca llegará?
12. ¿Por qué confundo amor con costumbre o dependencia?
13. ¿Qué tendría que pasar para que, por fin, empiece a elegir la paz antes que el dolor?
14. ¿Qué me diría a mí mismo si me viera desde fuera, sin juzgarme, solo queriéndome?
15. ¿Qué me impide aceptar que ya no soy la misma persona que antes?
16. ¿Por qué me cuesta tanto pedir ayuda cuando me estoy hundiendo?
17. ¿Qué parte de mí tiene miedo de sanar porque sanar también significa soltarla?
18. ¿Qué vacío sigo intentando llenar con recuerdos?
19. ¿Qué necesito perdonarme para poder avanzar?
20. ¿Qué me queda cuando ya lo he dado todo y, aun así, no ha sido suficiente?
No sé si encontraré todas las respuestas, pero sé que cada una de estas preguntas me acerca a mí.
A ese yo cansado, roto, pero todavía vivo.
Al que ya no busca salvar a nadie, sino entenderse.
Al que empieza a aceptar que sanar no es olvidar, sino hacer las paces con lo que no se puede cambiar.
Y si estás leyendo esto y te sientes igual… quizá también necesites hacerte tus propias preguntas.
Porque a veces, más que respuestas, lo que necesitamos es valentía para mirarnos de frente y admitir que no sabemos cómo seguir, pero que seguimos.
No hay manual para sobrevivir a uno mismo.
Sólo preguntas, silencios y días que parecen eternos.
Pero también hay pequeños destellos —una palabra amable, un paseo, una lágrima que no se esconde— que nos recuerdan que aún hay vida dentro del cansancio.
Tal vez la paz no llegue con respuestas, sino con el simple acto de seguir preguntando, sin rendirse, sin fingir, sin dejar de sentir.
Y aunque no lo parezca, eso también es una forma de seguir viviendo.
Continuará…
Replica a BDEB Cancelar la respuesta