Entrada 4 — El instante en que empecé a reconstruirme sin darme cuenta
Lo curioso de reconstruirse es que nunca empieza el día que uno cree.
No tiene un momento épico, ni un “antes y después” que lo marque todo, ni una frase iluminadora, ni un amanecer especial.
Reconstruirse empieza en silencio.
A veces incluso en contra de tu voluntad.
Y en mi caso… comenzó sin que yo lo supiera.
Reconstruirme no empezó cuando dejé de amarla
Eso no ha pasado aún.
No del todo.
No como se supone que debería.
No como otros piensan que ya debería haber ocurrido.
Reconstruirme tampoco empezó cuando acepté que no volvería.
Ni cuando entendí que no podía salvarla.
Ni cuando comprendí que ella ya no estaba desde mucho antes.
Eso fue dolor.
Eso fue ruptura.
Eso fue caída.
Pero no reconstrucción.
Mi reconstrucción empezó el día que elegí seguir escribiendo aun sabiendo que no iba a cambiar nada entre nosotros
Ese día fue el primero en el que hice algo por mí y no por ella.
Algo pequeño.
Algo casi insignificante.
Pero algo mío.
Escribí sin esperar una respuesta.
Sin esperar un gesto.
Sin esperar una señal.
Sin imaginar un futuro de reconciliación.
Sin fantasear con un “quizá”.
Fue el día en el que las palabras dejaron de ser un puente hacia S y empezaron a ser un refugio hacia mí.
No fue bonito.
No fue heroico.
No fue poético.
Fue doloroso.
Brutal.
Casi asfixiante.
Pero fue la primera vez que me elegí sin darme cuenta.
Reconstruirse empieza cuando sigues avanzando incluso cuando ya no hay motivos para hacerlo
Reconstruirse es eso:
• levantarte cuando nadie te está viendo,
• seguir escribiendo aunque duela,
• seguir respirando aunque queme,
• seguir sintiendo aunque asuste,
• seguir andando aunque no sepas a dónde vas.
Yo no estaba listo para sanar.
Pero ya había empezado.
Sin querer.
Sin plan.
Sin fuerzas.
Sin fe.
Pero seguía.
Y eso —aunque en ese momento no lo entendía— era una forma de reconstruirme.
Reconstruirse es darse cuenta, poco a poco, de que sobrevives a días que creías imposibles
Hubo noches que me rompieron.
Días que pensé que no iba a soportar.
Momentos en los que verla en el trabajo era una tortura silenciosa.
Situaciones en las que mi pecho parecía hundirse hacia dentro.
Pero aun así seguí escribiendo.
Seguía contando lo que sentía.
Seguía sacando hacia afuera lo que antes enterraba.
Y eso fue creando una estructura interna que no tenía antes:
mi voz.
Mi voz.
No la suya.
No la de mi culpa.
No la de mi miedo.
No la de mi pasado.
La mía.
Sin darme cuenta, estaba empezando a pertenecerme.
Mi reconstrucción comenzó el día que acepté mi herida sin intentar negarla
Ese fue el punto clave.
No cuando dejé de dolerme por ella.
No cuando dejé de imaginarla.
No cuando dejé de quererla.
Sino el día que dije —aunque fuera en silencio—:
“Sí, me duele.
Sí, sigo roto.
Pero sigo aquí.”
Ese fue el momento en el que dejé de empujarme a “ser fuerte” y empecé a permitirme simplemente ser.
Ser triste.
Ser vulnerable.
Ser humano.
Ser alguien que amó demasiado y que perdió.
Ser alguien que siente aunque no siempre sepa cómo nombrarlo.
Aceptar mi herida no la cerró… pero me dejó respirar mientras cicatrizaba.
Reconstruirme no fue una decisión; fue una consecuencia
Una consecuencia de escribir.
De sentir.
De caer y volver a levantar.
De ver mi historia con mis propios ojos.
De enfrentarme a lo que siempre evité.
De empezar a escucharme.
De entender qué soy y cómo soy.
Reconstruirse no fue algo que hice.
Fue algo que ocurrió mientras intentaba sobrevivir.
Porque a veces, sin darte cuenta, mientras buscas cómo dejar de romperte… descubres que ya estás empezando a levantarte.
Continuará…
Replica a Óscar David Cancelar la respuesta