Día 3 — Año 2
Hoy he entendido algo que ojalá no hubiera tenido que aprender así: cuando das “mucho” a alguien que te da “poco”, el dolor siempre es desproporcionado.
No es un refrán, no es una frase bonita, no es una advertencia que se dice por decir.
Es una verdad que se clava en el pecho cuando por fin conecta todo lo que no querías ver.
NO AMES MUCHO, NO EXTRAÑES MUCHO, NO ENTREGUES MUCHO.
PORQUE ESE “MUCHO” DUELE MUCHO.
Y no es porque amar esté mal.
No es porque entregarse sea un error.
Es porque cuando tú das con el alma entera y la otra persona solo ofrece migas…
el “mucho” se convierte en vacío, y el vacío, en herida.
Y hoy, más que rabia, más que tristeza, lo que siento es decepción.
Esa punzada fría que no grita, que no rompe cosas, pero que apaga.
Porque la decepción no estalla: se instala.
Y cuando llega, ya no ves a la persona como antes.
Ni su historia, ni sus excusas, ni tus propias culpas.
Hoy no estoy enfadado.
Estaría casi agradecido si solo fuera eso.
Lo que estoy es decepcionado.
Y eso… eso es peor.
Porque la decepción es la lucidez que llega tarde.
Es mirar atrás y preguntarte cómo no viste lo evidente.
Es descubrir que mientras tú sostenías el mundo con las dos manos,
la otra persona tenía media vida puesta en otro sitio.
Y por primera vez en mucho tiempo, creo que algo dentro de mí ha hecho “clic”.
Quizá pequeño, quizá frágil, quizá pasajero… pero real.
Un susurro que dice:
“Basta.
No puedes seguir queriendo así.
No puedes seguir rompiéndote por quien no se rompe por ti.”
Hoy no pretendo ser fuerte.
Solo sincero.
Mi “mucho” me está matando.
Mi decepción me está despertando.
Y aunque duela, aunque queme, aunque parezca el principio de otro colapso…
Quizá también sea el inicio de una salida.
Continuará…
Deja un comentario