Día 4 – Año 2
Al fin entendí algo que llevaba más de un año negándome a mirar de frente: mi culpa nunca tuvo sentido.
Mi dolor nunca fue por lo que hice, sino por lo que creí que había hecho.
Durante todo este tiempo me he castigado sin descanso.
Creí que la había hecho daño.
Creí que mis silencios la rompieron.
Creí que mis ausencias la hicieron dudar de mí.
Creí que el final fue consecuencia de mis fallos, de mis torpezas y de todo lo que aún no sabía nombrar.
Pero, ayer, sin buscarlo, se abrió una puerta que llevaba demasiado tiempo cerrada.
Y detrás no había respuestas… había verdades.
Verdades que duelen como una bofetada.
Verdades que hacen tambalear todo lo que yo había construido en mi cabeza.
Verdades que no estaba preparado para oir… pero que necesitaba escuchar.
Mientras yo me culpaba, ella comenzaba con una vida paralela.
Mientras yo me rompía intentando entender qué hacía mal, ella hacía exactamente lo que me acusaba a mí de estar haciendo.
Mientras yo esperaba en casa, pensando en cómo arreglar lo que parecía un bache en la relación, ella bajaba a ver a un “amigo” a la escuela de música.
Mientras yo me castigaba por sentir que no estaba a la altura, ella era la que caminaba lejos de lo que teníamos.
Mientras yo intentaba salvar un amor que creía vivo, ese amor ya estaba siendo compartido con alguien más.
No era yo.
Nunca fui yo.
No era mi forma de sentir.
No era mi forma de amar.
No era mi silencio, ni mis dudas, ni mi torpeza emocional.
Era su deslealtad.
Era su incapacidad para ser honesta conmigo y hasta consigo misma.
Era su forma de huir antes de decir la verdad.
Era ella proyectando en mí lo que estaba haciendo ella.
Y … por primera vez… en más de un año… no siento culpa.
Siento decepción, sí.
Siento rabia, también.
Siento que parte de mi mundo se vuelve a tambalear.
Pero esta vez la herida no viene de no entender lo que pasó, sino de darme cuenta de lo que realmente fue.
Ella no fue víctima de mis fallos.
Fue autora de sus propias decisiones.
Y luego decidió poner mi nombre en la etiqueta del dolor.
Yo no la fallé.
Yo no la traicioné.
Yo no la solté.
Fue ella.
Y eso… eso cambia todo.
No voy a odiarla.
Ni siquiera lo merece.
Pero tampoco voy a seguir idealizándola ni justificándola.
Porque al fin entendí que, mientras yo me destruía intentando ser suficiente para alguien que ya estaba en otra parte… ella ya había elegido otra vida, otra mano, otro abrazo.
Y cuando pienso en todo lo que sufrí por cargar una culpa que no era mía… lo único que siento es esto:
– Nunca debí romperme por alguien que ya se había ido.
– Nunca debí destruirme para sostener una historia que solo existía en mi cabeza.
– Nunca debí amar tanto a alguien que jamás dejó de mentirme.
Hoy no cierro la herida.
Pero sí cierro los ojos que durante un año se negaron a ver la realidad.
Hoy empiezo a caminar sin cargar un peso que nunca me perteneció.
Y ese, aunque duela… es el primer paso real hacia mí.
— Óscar D.
Continuará…
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