1092. Yo era el pingüino. Tú eras la tormenta.

By

Dicen que los pingüinos son fieles incluso cuando el frío corta, cuando el viento duele, cuando el camino es largo.

Dicen que eligen quedarse, eligen cuidar, eligen proteger incluso cuando el mundo se rompe.

Y yo, Óscar, fui exactamente eso.

El pingüino.

El que se queda.

El que sostiene.

El que vuelve aunque el invierno sea eterno.

Mientras mis padres se venían abajo, tú pensabas que yo desaparecía.

Mientras yo hacía malabares para cuidar dos mundos, tú inventabas sombras.

Mientras yo corría para volver a tu lado, tú bajabas a ver “amigos”.

Mientras yo me culpaba por no darte suficiente, tú dabas motivos para desconfiar.

Mientras yo cargaba con toda la culpa de hacer las cosas mal, tú dejabas caer lo nuestro sin pestañear.

Durante más de un año me convencí de que había fallado.

De que te hice daño.

De que lo arruiné todo.

De que eras víctima de mis silencios, de mi torpeza, de mi incapacidad emocional.

Pero hoy lo veo claro, sin filtros ni excusas:

No fueron mis silencios.

Fueron tus mentiras.

No fueron mis ausencias.

Fueron tus visitas “inocentes”.

No fue mi incapacidad para cuidarte.

Fue tu incapacidad para ver quién te cuidaba de verdad.

No fue que yo no te quisiera.

Fue que tú ya querías a otro mundo que no era el mío.

Y aun así, tuve la decencia —o la ingenuidad— de seguir cuidándote incluso después de que rompieras todo.

Te sostuve cuando llorabas en el trabajo.

Te protegí de problemas que tú misma provocabas.

Te apoyé cuando ni tú creías en ti misma.

Yo jamás te falté.

Tú jamás estuviste.

Y lo peor es que me arrepiento de haber creído que te perdí.

Porque no perdí nada.

Nada que fuera verdadero.

Nada que realmente me eligiera.

Si alguien perdió, fuiste tú.

Perdiste a alguien que habría caminado contigo incluso en el peor invierno.

A alguien que no habría soltado tu mano nunca.

A alguien que habría construido un hogar contigo y no un drama continuo.

A alguien que te habría querido de verdad, incluso cuando tú no lo merecías.

Y yo… yo he descubierto algo que duele, pero que me salva:

Tú no eras mi destino.

Eras la distracción que casi me hace olvidar quién soy.

No eres “el amor de mi vida”.

Fuiste la prueba.

La caída.

La herida que me obligó a abrir los ojos.

Hoy, por fin, lo digo sin temblar:

Yo era el pingüino.

Y tú nunca fuiste hogar.

Continuará…

Posted In ,

Una respuesta a “1092. Yo era el pingüino. Tú eras la tormenta.”

  1. Avatar de Lincol Martín

    Un texto que abraza la verdad con fuerza y dignidad. Qué claridad al reconocer el propio valor después de tanto invierno. Duele, sí, pero también libera: a veces perder es, en realidad, recuperarse.

    Saludos cordiales.

    Le gusta a 2 personas

Replica a Lincol Martín Cancelar la respuesta