Hay días en los que uno no sabe qué escribir porque ya todo está dicho.
Porque el cuerpo pesa, la cabeza arde y el alma parece estar hecha de un cansancio que no se quita durmiendo.
Y aun así… aquí estoy. Aquí sigo.
Escribiendo como si esta fuera la única manera de mantenerme en pie.
Esta semana no ha sido una más.
Ha sido un golpe. Una revelación.
De esas que no esperas, que no buscas, pero que te arrancan la venda de un tirón… y te dejan viendo la verdad sin filtros.
Y la verdad, por muy simple que suene, duele:
No merecía todo el peso que he estado cargando.
No merecía la culpa que me tragué.
No merecía el silencio que me devoró por dentro.
No merecía seguir sosteniendo todo lo que nadie sostenía por mí.
Me he pasado más de un año creyendo que el fracaso había sido mío.
Me repetí que no supe cuidar mejor, que no supe hablar mejor, que no supe reaccionar mejor.
Me puse encima responsabilidades que no me correspondían.
Me fustigué solo, día tras día, creyendo que “si yo hubiera hecho esto” o “si yo hubiera entendido lo otro”… tal vez la historia sería distinta.
Pero no.
La historia ya estaba escrita desde mucho antes.
Yo solo no quería leerla.
Y esta semana, sin querer, alguien abrió la página que me faltaba.
Y la entendí toda.
De golpe.
Sin anestesia.
Ahora sé que muchos de mis miedos no nacieron en mí, sino en lo que se me ocultaba.
Que muchas de las dudas que me hicieron sentir pequeño, torpe o insuficiente… no eran mías.
Que mientras yo intentaba salvar algo que me estaba matando por dentro, hubo verdades que nunca me dijeron.
Verdades que, por fin, ya no estoy dispuesto a seguir sosteniendo.
Y sí, duele.
Claro que duele.
Pero por primera vez, el dolor trae una consecuencia diferente: claridad.
La claridad de ver que yo también merezco paz.
La claridad de reconocer que seguir así no es vivir.
La claridad de aceptar que no puedo seguir en el mismo lugar que me rompe cada día.
Ni emocionalmente.
Ni laboralmente.
Ni en ningún sentido.
Por eso, hoy lo digo sin temblar:
En enero cambio de vida.
Trabajo, rumbo, entorno, todo.
Voy a abrir algo mío.
Voy a empezar de cero.
Voy a elegir mi paz por encima de cualquier otra cosa.
Y no sé si me dará miedo.
No sé si me irá bien.
No sé si será un salto o una caída.
Pero sí sé esto:
Seguir donde estoy ya no es una opción.
Seguir sosteniendo lo que me destruye tampoco.
Seguir mirando a quien me rompió, cada día… me está quitando la vida.
Así que hoy, por primera vez en mucho tiempo, tengo una decisión clara:
Voy a elegirme.
Con todo lo que eso implique.
Con todo lo que duela.
Con todo lo que venga.
No sé si esto es valentía o pura supervivencia.
Pero sé que es necesario.
Y sé que este blog, este sitio donde me he levantado mil veces, será testigo de lo que viene ahora:
Mi vida nueva.
Mi camino propio.
Mi paz, aunque me cueste entera.
Mi renacer después de haber tocado fondo demasiadas veces.
A veces no hace falta estar bien para empezar de nuevo.
A veces basta con estar cansado de estar mal.
Y yo ya llegué ahí.
Hoy empiezo a salir.
Lento. Torpe. Roto.
Pero saliendo.
Porque si algo tengo claro es esto:
No puedo cambiar lo que me hicieron.
Pero sí puedo decidir que no me lo vuelvan a hacer.
Y esa decisión…es el inicio de todo lo que viene ahora.
Continuará…
Replica a Mi Viaje a la Lectura Cancelar la respuesta