1103. El día en que la verdad me cambió el corazón

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Resulta chocante.

Brutal.

Inesperado incluso para mí.

Después de más de un año pasándolo mal.

Después de un año culpándome de todo.

De creer que fui yo quien arruinó la relación.

De pensar que mis silencios, mi falta de herramientas, mi alexitimia, mi incapacidad de reaccionar “como ella quería”… fueron el motivo de que todo se rompiera.

Después de todo ese duelo, de toda esa culpa que me comí solo…

la verdad apareció.

Y desde que supe lo que realmente ocurría en los últimos meses de nuestra relación, algo dentro de mí se rompió de una forma diferente.

Un “click” interno.

Una grieta nueva, pero esta vez no hacia dentro… sino hacia fuera.

No puedo verla sin sentir rechazo.

No puedo escuchar su voz sin un nudo en el estómago.

No puedo mirarla sin que me hierva la sangre por dentro.

Porque ahora lo entiendo:

no estaba loco.

no era yo el que hacía cosas raras.

no era yo el que fallaba.

no era yo el que escondía nada.

Ella proyectaba en mí lo que ella misma estaba haciendo.

Y ese descubrimiento —ese golpe a mano abierta— me cambió algo que jamás pensé que cambiaría: la imagen que tenía de ella.

No quiero odiarla.

Ni eso merece.

El odio es demasiado grande para alguien que no supo estar a la altura del amor que le di.

Pero sí hay algo que tengo claro y me sorprende reconocerlo: pasé de considerarla el amor de mi vida a no poder soportar ni su presencia.

El impacto es tan grande que aún me cuesta procesarlo, pero no lo evito.

No lo maquillo.

No lo escondo.

Lo que siento ahora no es rabia.

Tampoco rencor.

No es venganza ni deseo de hacer daño.

Es algo más simple y más crudo:

Es asco.

Asco por cómo me trató.

Asco por cómo jugó con mis miedos mientras hacía lo que me acusaba a mí.

Asco por haberme hecho creer que yo era el problema mientras ella sostenía una mentira.

Asco por haberme hecho cargar con una culpa que no era mía.

Y lo más duro de todo: asco por haber llorado tanto por alguien que no tenía la valentía de ser honesta.

No sé qué pasará mañana, ni dentro de un mes.

Pero hoy, por primera vez en mucho tiempo, siento que mi corazón está viendo la realidad como es… y no como yo necesitaba imaginarla.

Quizá este sea el principio de dejarla ir de verdad.

Quizá este sea el primer paso hacia una vida donde yo no cargue culpas que no me pertenecen.

Quizá… por fin estoy empezando a salir de esto.

Continuará…

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2 respuestas a “1103. El día en que la verdad me cambió el corazón”

  1. Avatar de Mi Viaje a la Lectura

    A veces, cuando miramos de frente la realidad, ocurre algo muy parecido a lo que vivió Odiseo frente al canto de las Sirenas. Lo que en un momento apareció como lo más hermoso, lo que creímos que era el amor de la vida, nos atrae con una dulzura que parece irresistible. Nos promete certezas, plenitud, respuestas a todo. Su canto nos envuelve, y desde la distancia se siente perfecto. Pero al acercarnos demasiado, cuando dejamos de mirar con la lucidez que deberíamos, descubrimos que aquello que idealizamos podía habernos llevado a la destrucción. Como el canto de las Sirenas, maravilloso por fuera y mortal por dentro, ese amor que creímos imprescindible termina revelando su verdadero rostro: un espejismo que exige más de lo que da, que seduce pero devora, que brilla pero no alumbra.
    Y entonces entendemos que pudimos haber “muerto” en él: morir a nuestra tranquilidad, a nuestra dignidad, a nuestra esencia. La enseñanza es amarga pero valiosa. Odiseo sobrevivió porque, aunque quiso abandonarse al encanto, se ató al mástil para no perderse a sí mismo. Y nosotros también—aunque enamorados, confundidos o hipnotizados—debemos aprender a atarnos a algo que nos sostenga: la propia claridad, los límites, los amigos, la memoria de quiénes somos.
    Solo con esa firmeza podemos atravesar lo que encanta pero no construye.
    Y, al mirar atrás, comprendemos que aquello que parecía lo más hermoso no valía la vida que estábamos dispuestos a entregar.
    No cambies ese corazón bonito que tienes por nadie.

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    1. Avatar de Óscar David

      Gracias, no sabes lo que me ha movido por dentro tu comparación.
      Creo que nunca antes alguien había puesto tan bien en palabras lo que viví: ese canto que me atrapó, esa belleza aparente que confundí con destino, esa dulzura que, vista desde lejos, parecía hogar… y que al acercarme estuvo a punto de romperme por completo.
      Durante mucho tiempo pensé que el error había sido mío. Que fallé, que no supe querer bien, que no supe sostener lo que teníamos. Y ahora, como dices, al mirar con la lucidez que antes no tenía, entiendo que el peligro no estaba en mi amor, sino en lo que yo estaba dispuesto a entregar por él.
      Yo no me até al mástil… yo salté directo al agua.
      Y aún sigo sobreviviendo… de milagro.
      Tu mensaje me recuerda algo que aún estoy aprendiendo: que la claridad también es un acto de amor propio, que mantenerse firme no es frialdad, y que a veces el mayor gesto de valentía es alejarse de aquello que parecía perfecto, pero te estaba destruyendo por dentro.
      Gracias por recordarme que lo que casi me hunde no era belleza, era espejismo.
      Gracias por recordarme que no debo entregar mi corazón —este que tú llamas bonito— en lugares donde sólo sirve de ofrenda al vacío.
      Sigo en proceso, sigo aprendiendo, sigo sosteniéndome como puedo…
      Pero leer palabras como las tuyas, así de certeras y así de humanas, hace que el camino no se sienta tan solo.
      Un abrazo enorme.
      Y gracias de verdad por estar aquí, con esa claridad que a veces yo pierdo. 😘

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