Hay personas que entran en tu vida sin hacer ruido, sin pedir permiso, sin anunciarse.
Aparecen un día cualquiera, con una frase sencilla, con una mirada escrita, con una presencia que no esperabas… y, sin darte cuenta, te cambian el rumbo.
Ella llegó así.
En un momento en el que yo apenas podía sostenerme, cuando mi cabeza era un laberinto y mi corazón un campo de ruinas, cuando todo lo que había sido mi mundo acababa de venirse abajo y yo trataba —torpemente— de aprender a respirar sin derrumbarme.
No vino a salvarme.
No vino a sustituir nada ni a ocupar ningún vacío.
No vino a juzgar, ni a exigir, ni a pedirme explicaciones.
Simplemente estuvo.
Y en mi vida, eso siempre ha tenido más valor del que sé decir en voz alta.
Ella me enseñó algo que nadie antes había conseguido:
que incluso en medio de mi caos, había otra forma de mirarme.
Que mis heridas tenían nombre.
Que mis silencios podían abrirse.
Que no estaba condenado a repetir la misma historia una y otra vez.
Me habló desde un lugar que yo desconocía.
Me mostró mis sombras sin señalarlas.
Me sostuvo sin tocarme.
Me enseñó a ver lo que yo no veía:
que no era tan poco como creía,
que no estaba tan roto como pensaba,
que no era tarde para empezar a salvarme.
Y lo más increíble…
lo hizo sin pedirme nada a cambio.
Yo no supe corresponder como merecía.
No supe estar a la altura de su luz.
No siempre estuve presente cuando ella sí lo estuvo.
No respondí con la misma claridad con la que ella me hablaba.
Quizás la fallé.
Quizás aún lo hago.
No sé cuál es la palabra correcta, porque tampoco sé cómo acabará todo esto.
Pero sí sé una cosa:
Le estoy eternamente agradecido.
Por haber entrado en mi vida justo cuando pensé que ya no quedaba nada que rescatar.
Por haberme hablado con una honestidad que me enseñó a ser honesto conmigo.
Por haber sido faro cuando todo era niebla.
Por haber creído en mí incluso en los días en los que yo no podía hacerlo.
Por haberme ayudado —sin saberlo— a dar el paso definitivo para empezar a salvarme.
No sé qué seremos mañana.
No sé qué caminos elegiremos.
La vida sigue su curso y cada uno tiene sus tiempos, sus heridas, sus miedos.
Pero hay algo que quiero dejar escrito hoy, para que no se pierda:
Gracias por todo lo que fuiste cuando yo no era capaz de ser casi nada.
Gracias por lo que me diste sin pedirme.
Gracias por enseñarme a mirarme distinto.
Gracias por ayudarme a comenzar a volver a mí.
Pase lo que pase, lleve el nombre que lleve lo que quede después…
lo que tú despertaste en mí seguirá siendo verdad.
Y eso, en un mundo que cambia tanto, es una forma de eternidad.
Continuará…
Deja un comentario