Durante mucho tiempo creí que aguantar era fortaleza.
Que resistir era una prueba de carácter.
Que no moverme, no romper nada, no cambiar, era una forma de ser responsable.
Hoy empiezo a entender que no siempre es así.
Hay lugares en los que uno deja de crecer sin darse cuenta.
Ritmos que ya no encajan.
Dinámicas que te apagan despacio.
Vidas que sigues viviendo por inercia, no por elección.
Y no pasa nada… hasta que pasa.
Hasta que el cuerpo se cansa antes que la cabeza.
Hasta que el alma empieza a pedir aire.
Hasta que te das cuenta de que ya no te reconoces en lo que haces,
en lo que sostienes,
en lo que callas.
Lo más difícil no ha sido aceptar que algo no funciona.
Lo más difícil ha sido aceptar que yo ya no funciono ahí.
Porque irse da miedo.
Cambiar da miedo.
Empezar de cero da vértigo.
Pero hay algo que da todavía más miedo:
mirarte dentro de unos años y darte cuenta de que sabías que tenías que moverte…
y no lo hiciste.
No quiero seguir viviendo una vida correcta pero ajena.
No quiero seguir siendo fuerte en un sitio que me debilita.
No quiero seguir llamando estabilidad a lo que, en realidad, me está apagando.
No me voy porque todo esté mal.
Me voy porque ya no estoy bien yo.
Y eso, aunque cueste aceptarlo, también es una forma de dignidad.
No sé exactamente qué viene después.
No tengo todas las respuestas.
No tengo garantías.
Pero por primera vez en mucho tiempo tengo algo distinto:
la sensación de que estoy empezando a elegirme.
Y con eso, hoy, me basta.
Continuará…
Deja un comentario