“Incluso las semillas en la sombra saben que algún día serán árbol.”
Hubo un tiempo en el que pensé que estar en la sombra era sinónimo de fracaso.
De haberme equivocado.
De haber llegado tarde a todo.
La sombra duele porque es silenciosa.
Porque nadie aplaude lo que no se ve crecer.
Porque mientras otros parecen avanzar bajo el sol, uno se pregunta si sigue vivo o sólo resistiendo.
Pero hoy empiezo a entender algo distinto.
La semilla no se queja de la oscuridad.
No se compara.
No se desespera.
La sombra no es castigo: es protección.
Es el lugar donde se rompe lo viejo para que algo nuevo tenga espacio.
Donde no hay espectáculo, pero sí trabajo real.
Yo he sido esa semilla.
Enterrada bajo decisiones difíciles, pérdidas, miedos, cansancio…
Sin luz, sin certezas, sin aplausos.
Sólo con la intuición —a veces muy débil— de que rendirme no era una opción.
No sabía cuándo.
No sabía cómo.
Pero algo dentro de mí sabía.
Sabía que este no era el final, sino el proceso.
Que crecer no siempre se nota hacia fuera, pero siempre empieza hacia dentro.
Que incluso cuando todo parece detenido, la vida sigue empujando en silencio.
Hoy sigo en la sombra.
Pero ya no me siento perdido.
Porque empiezo a reconocerme como semilla.
Y las semillas, incluso enterradas, incluso solas, incluso rotas…
saben.
Saben que, tarde o temprano, romperán la tierra.
Saben que el árbol no nace del ruido, sino de la paciencia.
Saben que haber estado abajo no les impide sostener el cielo después.
Y yo también lo sé ahora.
Continuará…
Replica a Mi Viaje a la Lectura Cancelar la respuesta