Hace tiempo que no escribo.
No porque no tenga cosas que decir, sino porque la vida, por fin, ha decidido llenarse de otras cosas.
El negocio que era un proyecto, ya es una realidad.
Y esa realidad me exprime, me exige, me ocupa… me mantiene en movimiento constante.
Y, en cierto modo, eso también me ha salvado porque no me deja tiempo para pensar.
No me deja espacio para perderme en recuerdos.
No me deja quedarme quieto.
Y cuando no paro… no vuelves, pero hay días como hoy… días en los que el cuerpo dice basta, en los que la mente se queda en silencio, en los que, por primera vez en mucho tiempo, no hay ruido alrededor, y entonces…
Apareces.
Sin avisar.
Sin pedir permiso.
Como si hubieras estado esperando justo ese momento, y es curioso porque no vienes con rabia, ni con reproches, es mucho más duro que eso…
Vienes con recuerdos, con imágenes que creía guardadas, con sensaciones que pensaba que ya no dolían, con ese peso suave pero constante que me recuerda que hubo algo real y ahí es donde entiendo algo…
No es que te haya olvidado, es que he aprendido a vivir sin pensarte, pero cuando paro…
cuando dejo de correr…
cuando el silencio se hace presente…
todavía hay una parte de mí que te recuerda.
No con la intensidad de antes.
No con la necesidad de volver.
Sólo con la certeza de que fuiste.
Y supongo que también eso forma parte de seguir adelante, aprender a convivir con lo que ya no está…
sin que te detenga.
No te fuiste del todo… solo aprendí a no mirarte.
Continuará…
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