Hace unos días me encontré pensando en una frase que, a simple vista, parece una de tantas frases motivacionales que circulan por ahí:
«Haz de lo difícil algo fácil creyéndote capaz de lo imposible.»
La leí varias veces.
Y cuanto más la pensaba, menos me parecía una frase sobre el éxito.
Me parecía una frase sobre la supervivencia.
Porque hay momentos en la vida en los que no estás intentando conseguir algo extraordinario.
Simplemente estás intentando no romperte.
Hace un año y medio había cosas que yo consideraba imposibles.
No difíciles.
Imposibles.
Me parecía imposible aceptar que alguien a quien había amado tanto pudiera convertirse en un recuerdo, dejar de esperar, volver a sentir ilusión por algo o encontrar paz.
Y, sin embargo, aquí estoy.
No porque un día me despertara siendo más fuerte.
No porque encontrara una frase mágica que lo solucionara todo.
No porque el dolor desapareciera.
Sino porque seguí avanzando cuando todavía me temblaban las piernas.
Porque seguí caminando cuando no tenía ninguna certeza de hacia dónde iba.
Porque seguí levantándome cuando lo único que quería era quedarme quieto.
Con el tiempo entendí algo que nadie me había explicado.
Lo imposible no desaparece de golpe.
Lo imposible se va convirtiendo poco a poco en algo difícil.
Y después lo difícil se transforma en algo soportable.
Y un día descubres que aquello que te quitaba el aire ya no tiene el mismo poder sobre ti.
No porque haya dejado de importar.
Sino porque tú ya no eres la misma persona.
Algo parecido me está ocurriendo ahora.
Durante años tuve una vida estable.
Un trabajo seguro.
Un camino marcado.
Una rutina conocida.
Y aunque muchas personas ven tranquilidad en eso, también existe una parte de nosotros que, de vez en cuando, necesita preguntarse si está viviendo la vida que realmente desea vivir.
Tomar la decisión de dejar esa seguridad para abrir un negocio propio ha sido una de las decisiones más difíciles que he tomado jamás.
Porque detrás de la ilusión también viven las dudas.
Las cuentas.
Los riesgos.
Las noches sin dormir.
Las preguntas que nadie puede responder por ti.
¿Qué pasa si sale mal?
¿Qué pasa si me equivoco?
¿Qué pasa si no soy capaz?
Y, aun así, he dado el paso.
No porque no tenga miedo.
Lo he dado precisamente teniéndolo.
Y creo que ahí está la verdadera diferencia.
Nos han enseñado que primero llega la confianza y después la acción.
Pero la vida rara vez funciona así.
La mayoría de las veces primero damos el paso.
Y sólo después descubrimos que éramos capaces.
Mirando atrás, me doy cuenta de que este último año y medio no ha sido una historia sobre perder o ganar.
Ha sido una historia sobre descubrirme.
Sobre descubrir que podía soportar dolores que creía insoportables.
Sobre descubrir que podía cerrar capítulos que creía eternos.
Sobre descubrir que podía reconstruirme cuando pensaba que ya no quedaba nada por reconstruir.
Y sobre descubrir que el valor no consiste en no tener miedo.
Consiste en seguir avanzando a pesar de él.
Por eso hoy ya no veo aquella frase de la misma manera.
Ahora la entiendo de otra forma.
No se trata de creerte capaz de lo imposible porque seas especial.
Se trata de comprender que cada vez que atraviesas algo que jurabas que no podrías soportar, te conviertes en alguien nuevo.
Alguien más amplio que sus miedos.
Más fuerte que sus certezas.
Porque lo imposible rara vez cambia de forma.
Quien cambia eres tú.
Y cuando creces lo suficiente, descubres que aquello que parecía un muro era, en realidad, una puerta que aún no te habías atrevido a cruzar.
“Lo imposible siguió ahí. La diferencia fue que yo ya no era la misma persona que lo miraba.”
Continuará…
Deja un comentario