529. Rompo una lanza

By

Hace unos meses escribí una entrada que titulé “Formas de amar” (la número 64). En ella trataba de explicar, desde mi propia experiencia, una idea que aún sigo creyendo cierta: que la forma en la que amamos hombres y mujeres, cuando hablamos de amor de verdad, de ese que te atraviesa entero, no es del todo igual.

Decía que, cuando una mujer ama, lo hace intensamente, sí, pero que ante el desgaste, la rutina, los problemas o incluso nuevas oportunidades, puede llegar a dejar de amar. Puede cerrar esa etapa y seguir. No sin dolor, pero con la capacidad de mirar hacia adelante y reconstruirse.

Mientras que el amor, cuando nace en el corazón de un hombre —un amor verdadero, de esos que no se repiten—, no desaparece. Puede que lo entierre, que lo intente olvidar, que construya una nueva vida, incluso que vuelva a amar, pero hay una parte de ese sentimiento que nunca muere. Una parte que queda allí, intacta, silenciosa, a veces dolorosa, a veces simplemente como un rincón que nadie más podrá ocupar jamás.

Con el tiempo y muchas conversaciones con otras personas, he aprendido que no se trata solo de género. Tiene que ver también con lo que hemos vivido, con cómo nos han enseñado a sentir, a protegernos, a callar. Pero incluso sabiendo eso, sigo creyendo que hay una diferencia profunda en la forma en que cada uno guarda el amor perdido.

Quizás la clave no está en quién ama más o mejor, sino en cómo dejamos que ese amor nos habite después de que ya no esté.

Y tal vez eso también diga mucho de nosotros, de nuestras heridas y de nuestras formas de seguir adelante.

Por eso, hoy, no me retracto de lo que escribí. Al contrario, rompo una lanza por aquellos que siguen guardando en su pecho una historia que no se borra, no por debilidad, sino porque fue real.

Continuará…

Posted In ,

Deja un comentario