“Nada vuelve a ser lo mismo dos veces, ni el amor, ni las personas, ni la vida.”
Lo intentamos.
A veces desde el deseo.
Otras desde el miedo.
Pero lo intentamos.
Volver. Reconstruir. Fingir que nada ha pasado.
Volver a amar igual. A confiar igual. A mirar con los mismos ojos.
Pero no se puede. Porque nada vuelve a ser lo mismo dos veces.
El amor cambia.
Las personas cambian.
Y la vida… la vida no tiene botón de reinicio.
Y no se trata de rencor, ni de orgullo, ni siquiera de cerrar puertas.
Se trata de aceptar que lo que fue, fue en un momento concreto, con emociones, heridas, miedos y esperanzas que ya no son las mismas.
Yo quise volver a lo que ya no existía.
Quise aferrarme a la versión de alguien que solo vivía en mi recuerdo.
Intenté reconstruir sobre ruinas que seguían ardiendo.
Y lo único que conseguí fue quemarme otra vez.
Porque lo que una vez fue hogar… puede dejar de serlo.
Y porque amar no siempre es suficiente cuando el daño ha dejado cicatrices que ninguno sabe nombrar.
Hoy entiendo que hay cosas que solo existen una vez.
Y que está bien.
Que eso no las hace menos valiosas.
Al contrario: su irrepetibilidad es lo que les da sentido.
El amor que se fue, aunque duela, no volverá a ser el mismo.
Ni tú, ni yo, ni lo que fuimos.
Pero eso no borra lo vivido.
Solo marca el final de una etapa y la posibilidad de comenzar otra… distinta, nueva, sincera.
Y ahora, aunque a veces me duela, elijo no forzar regresos.
Elijo no reconstruir desde la nostalgia.
Elijo mirar hacia adelante con lo que soy ahora, no con lo que fui.
Porque si algo he aprendido, es que las segundas veces no deben parecerse a las primeras.
Deben ser más honestas, más reales, más libres.
Y si no pueden ser así… entonces mejor dejarlas ir.
Continuará…
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