Mi momento más humilde no fue cuando pedí ayuda.
Tampoco cuando lloré por alguien que ya no estaba.
Mi momento más humilde fue cuando elegí quedarme, incluso cuando ya me habían dejado.
Fue cuando ayudé a quien me abandonó.
Cuando estuve ahí, incluso sabiendo que ya no me pertenecía.
Cuando cuidé con el alma rota, en silencio, sin esperar nada.
Porque me dolía más fallarme a mí mismo que confirmar que alguien ya me había fallado.
Fui el refugio de quien me rompió.
La voz que calmó al que un día gritó para hacerme callar.
Fui abrazo para quien me dio la espalda.
Y consuelo para quien no tuvo reparo en buscarlo en otros brazos mientras yo seguía sosteniéndolo en el mío.
Ese fue mi momento más humilde.
Y también, mi acto más valiente.
Porque no se trataba de que lo mereciera, sino de que yo no podía convertirme en lo que me hicieron.
Porque aún me quedaba dignidad… y, paradójicamente, la mostré en el momento más injusto para mí.
Hoy no me arrepiento.
Ni por lo que hice.
Ni por lo que di.
Solo por haber creído que alguien así sabría algún día valorarlo.
Pero ahora lo sé:
Yo estuve.
Yo lo di todo.
Yo no me fui, ni siquiera cuando el mundo me decía que ya no había nada que salvar.
Y eso, aunque me parta por dentro, es lo que me salva.
Continuará…
Replica a Mi Viaje a la Lectura Cancelar la respuesta