No fue una revelación.
Tampoco un acto de valor.
Fue el cansancio.
El de verdad.
El que pesa en el cuerpo, en la mente, en el pecho.
Y fue hoy.
Justo hoy.
El día en que tú firmas lo que tanto tiempo llevabas esperando: tu ascenso.
El reconocimiento que mereces, el paso adelante que te corresponde, el logro por el que siempre te apoyé… incluso cuando ya no me dabas ni las gracias.
Hoy, que todos te felicitarán.
Hoy, que las miradas estarán sobre ti.
Hoy, que deberías sonreír sin peso.
Hoy, yo te dejo ir.
Sin aplausos. Sin palabras. Sin que lo sepas siquiera.
Porque ya no me queda espacio para seguir esperándote en silencio.
Porque este cuerpo que se levanta cada día a las 4:15 ya no puede sostener más noches vacías.
Porque esta mente saturada ya no puede seguir reinventando excusas para no escribirte.
Porque este corazón cansado ya no puede seguir viviendo en pausa.
Te esperé, Sara.
Te esperé incluso cuando fingía que ya no lo hacía.
Te esperé cuando todos me decían que soltara.
Te esperé cuando tú ya no me mirabas, cuando decidiste que lo nuestro se trataba de “pasar página” aunque esa página no se hubiera escrito entera.
Te esperé mientras celebrabas tus cosas con otros.
Mientras sonreías sin saber cuánto dolía no ser parte.
Mientras seguías adelante… sin mí.
Y ahora, se acerca el viernes.
Tu cumpleaños.
Una fecha que antes llenaba de ilusión.
Y que ahora me trago como se tragan los nudos que no se pueden llorar.
No te escribiré.
No te felicitaré.
No apareceré.
Y no porque no me acuerde.
Sino porque me acuerdo de todo.
Porque sé lo que duele tener tanto amor para alguien que ya no tiene un hueco para ti ni siquiera en su día especial.
Porque ya no voy a fingir que soy fuerte, ni a buscar motivos para hablarte como si nada hubiera pasado.
Porque te quiero tanto que ya no puedo quedarme más en este sitio donde siempre soy el último en tu vida.
Hoy tú asciendes.
Y yo suelto.
No porque me sobre el amor… sino porque ya no me queda fuerza para seguir dándolo donde ya no nace.
Y aunque siga queriéndote con esa parte de mí que aún recuerda lo bonito, te dejo ir, Sara.
No porque no me importes.
Sino porque me importas demasiado como para seguir rompiéndome.
Epígrafe:
“Hoy tú firmas tu ascenso.
Hoy yo firmo tu despedida.
Que la vida te lleve donde sueñas.
Y que a mí, por fin, me deje descansar de ti.”
Continuará…
Replica a Mi Viaje a la Lectura Cancelar la respuesta