Porque sólo atravesándolos, pude empezar a entenderlos.
Durante este último año me he enfrentado a muchas primeras veces que no se celebran:
– La primera vez que me rompí sin decírselo a nadie.
– La primera vez que lloré sin esperar consuelo.
– La primera vez que escribí no para que alguien volviera… sino para no volver yo.
Y, poco a poco, entre esas grietas fui descubriendo que no todo es tan nítido como pensaba.
Que hay emociones que se disfrazan.
Que hay sentimientos que se solapan.
Que hay situaciones que uno no sabe cómo nombrar, porque duelen y se parecen… aunque no sean lo mismo.
Esta serie nació de ahí. De ese lugar confuso donde los sentimientos se cruzan y no sabes si estás bien… o sólo estás sobreviviendo.
Donde la esperanza se parece demasiado a la resignación.
Donde la paz se confunde con un vacío inmenso.
Donde el deseo de volver no siempre nace del amor… sino de la nostalgia mal entendida.
Y en ese viaje, me encontré a mí.
En la contradicción.
En la duda.
En la forma en que mi cuerpo reaccionaba antes de que yo supiera qué estaba sintiendo.
En el esfuerzo por entender lo que antes sólo evitaba.
A veces sigo sin saber bien cómo se llama lo que me pasa.
Pero ahora al menos me lo permito sentir.
Me doy el permiso de no tener todas las respuestas, de no juzgarme por seguir sanando a mi ritmo, y de no tener que explicarlo todo.
Porque cada entrada que escribí no fue una lección…
Fue una búsqueda.
Un espejo donde verme.
Un intento de decirme, por fin, la verdad sin disfrazarla.
He descubierto que conocerse no es un destino, sino un camino que no siempre es recto, ni justo, ni amable.
Pero que vale la pena.
Y aquí sigo.
Confundiéndome a veces.
Pero más consciente.
Más honesto.
Y, aunque cueste… más libre.
Epígrafe:
“Gracias a cada confusión emocional, me encontré. Y ahora que sé quién soy… ya no vuelvo a donde me perdí.”
Continuará…
Replica a Óscar David Cancelar la respuesta