Hay despertares en los que el primer pensamiento no es un “buenos días”, sino un suspiro.
La cama ha cumplido su función de descanso… pero no ha podido arrancar del todo el peso que me acompaña.
Es ese tipo de cansancio que no solo se siente en los músculos, sino en la cabeza, en la mirada y, si uno afina un poco más, en el centro mismo del pecho.
Cansancio físico, sí. El de un cuerpo que lleva semanas respondiendo al trabajo sin tregua, que se levanta antes de que la ciudad despierte, que carga y descarga sin parar, y que aún así busca un rato para entrenar porque sabe que cuidarse es también un acto de resistencia.
Cansancio mental, también. El de las listas interminables de tareas que nunca parecen acabar, el de tener que tomar decisiones incluso cuando el reloj dice que ya es hora de dormir, el de repasar mentalmente lo que no salió como querías… y aun así levantarte para intentarlo otra vez.
Y luego está el otro cansancio.
El que no se mide en horas de sueño ni se resuelve con un café.
Ese que viene de dentro, como un eco.
El que arrastro de los últimos meses, de las idas y venidas, de las conversaciones que se quedaron a medias y de lo que aprendí a callar. Ese cansancio que te recuerda que, aunque todo siga funcionando por fuera, hay algo dentro que sigue sanando.
Aun así, el día comienza.
Las calles se llenan de gente, las luces se encienden, y de pronto, ahí está: la oportunidad de que algo cambie.
Quizá hoy todo salga rodado en el trabajo.
Quizá aparezca alguien que me saque una sonrisa sincera sin buscarlo.
Quizá se cruce una conversación que deje huella.
Quizá una mirada comience a ser distinta… y aunque no sé hacia dónde podría llevarme, también sé que podría ser hacia un lugar mejor.
No lo sé.
Las posibilidades son infinitas.
Y por eso, aunque hoy me pese, no cierro ninguna puerta.
Porque cada día que empieza, por más pesado que sea, trae escondido un “quizá” que podría cambiarlo todo.
Y si hoy no es ese día, si hoy nada se transforma… seguiré caminando igual, porque a veces, las posibilidades no están en lo que pasa, sino en el simple hecho de seguir creyendo que puede pasar.
Continuará…
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