Y de repente lo ves claro.
El tiempo que invertiste en esa relación, en esa persona, no volverá jamás. No importa cuántas veces repases los recuerdos, ni cuántas noches te preguntes si pudiste hacer algo diferente. El tiempo se fue… y con él, parte de ti que creíste perdida para siempre.
Pero en ese mismo camino, entre heridas y silencios, descubres una verdad que cambia todo: la verdadera felicidad no está en los brazos de otra persona, ni en su aprobación, ni en que se quede contigo. La verdadera felicidad vive y nace dentro de ti, y no hay nadie que pueda arrebatártela cuando decides cuidarla.
Entiendes que para hacer feliz a alguien más, primero tienes que aprender a escucharte, a darte tiempo, a cultivar tu propio mundo. Que no se trata de esperar que alguien te complete, sino de llegar completo a compartir el viaje.
Porque al final, la persona que estará contigo todos los días de tu vida… eres tú. Y si no te cuidas, si no te abrazas, si no te das permiso para vivir, ¿cómo vas a darle algo bueno a los demás?
Hoy lo sé: la felicidad que nace dentro de mí es la única que puede durar para siempre.
Epígrafe:
“A veces, la vida te rompe para que entiendas que la paz no se encuentra al lado de alguien, sino dentro de tu propio latido. Y cuando aprendes a vivir desde ahí, nunca vuelves a depender de que otro te sostenga para mantenerte en pie.”
Continuará…
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