Qué bonita se vuelve la vida cuando dejas de correr detrás de lo que no es tuyo, cuando sueltas esa costumbre de aferrarte a lo que ya no te sostiene y permites que el universo empiece a acomodar lo que tú desordenaste.
Hay una calma especial que aparece cuando dejas de buscar explicaciones, cuando aceptas que no todo necesita entenderse, que hay cosas que simplemente suceden, aunque duelan, aunque no encajen, aunque rompan por dentro.
Durante mucho tiempo creí que tenía que comprenderlo todo: el porqué, el cuándo, el “qué habría pasado si…”.
Me quedé sin fuerzas intentando descifrar lo que no tenía respuesta, tratando de sostener lo que no podía sostenerse, justificando lo injustificable, dándole sentido a silencios que en realidad solo significaban ausencia.
Y en medio de todo eso, me perdí.
Perdí la calma, la claridad, la energía… hasta que un día entendí que no era mi tarea pelear contra lo inevitable.
A veces la paz llega así: despacio, sin ruido, sin avisar.
Llega cuando dejas de presionar al corazón para que olvide, cuando dejas de exigirle a la vida explicaciones, cuando por fin te permites descansar en lo simple.
Porque el alma no pide grandeza.
No quiere milagros, ni finales perfectos, ni promesas imposibles.
El alma solo pide un lugar donde descansar sin miedo.
Un espacio donde dejar de fingir que no duele, donde dejar de empeñarse en encajar en lo que hace tiempo dejó de tener forma para uno.
Y hoy, sin tener todas las respuestas, sin haber cerrado todas las heridas, sin estar del todo bien… puedo reconocer algo: la calma llegó justamente cuando dejé de buscarla a la fuerza.
Cuando acepté que no todo lo que quise se iba a quedar.
Cuando entendí que, aunque duela, soltar también es una forma de cuidarse.
Cuando dejé espacio para que algo mejor —o simplemente algo distinto— pudiera entrar.
Quizá vivir sea eso: dejar de pelear con lo inevitable y aprender a ver la belleza en lo que queda después del derrumbe.
Quizá sea entender que uno también merece un respiro, una tregua, un rincón propio donde seguir recomponiéndose sin prisa.
Y así empieza lo que sigue…
Quizá no se trate de olvidar, ni de dejar de sentir.
Quizá el verdadero inicio está en permitirte respirar sin buscar respuestas, sin empujar nada, sin aferrarte a lo que ya se fue.
A veces el corazón solo necesita descanso para volver a latir sin miedo.
Hoy no lo tengo todo claro, pero sé esto: no era mi responsabilidad sostener lo insostenible, ni salvar lo que no quería quedarse.
Si la vida está recolocando lo que yo desordené, lo mínimo que puedo hacer es dejar que lo haga.
Y confiar en que, cuando el polvo se asiente, habrá un lugar —tranquilo, honesto, mío— donde mi alma pueda descansar sin romperse.
Continuará…
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