Siempre me consideré valiente.
Valiente para trabajar sin descanso, para sostener problemas ajenos, para cargar con responsabilidades que no me correspondían.
Valiente para ayudar, para escuchar, para estar.
Valiente para ser fuerte cuando nadie más lo era.
Pero descubrí algo que nunca quise admitir: toda esa valentía se derrumbaba cuando se trataba de mí.
Porque puedo enfrentarme a cualquier cosa… menos a decirle a la persona que quiero —o incluso a mi familia— que lo estoy pasando mal.
Que no soy feliz.
Que esta vida que llevo no es la que quería.
Que no sé cómo seguir.
Que necesito un abrazo, uno real, de esos que sujetan lo que por dentro se está cayendo.
Me cuesta tanto decirlo que al final siempre vuelvo al mismo guion:
“Yo puedo solo.”
“Estoy bien.”
“Todo va a pasar.”
“La culpa es mía por no saber gestionarlo.”
Y así voy tirando, dejando que el mundo piense que lo tengo controlado mientras por dentro todo se desmorona.
Sonrío cuando por dentro lloro.
Ayudo cuando soy yo quien necesita que lo sostengan.
Fortalezco a otros mientras mi propio cuerpo me pide parar.
Y lo peor es que casi nadie se da cuenta.
Porque como siempre parezco fuerte, todos asumen que sigo siéndolo.
Porque como nunca levanto la mano, todos creen que no necesito apoyo.
Porque como siempre puedo… nadie imagina el día en que ya no puedo más.
Lo que no saben es que mi silencio no es tranquilidad, es miedo.
Miedo a preocupar, a decepcionar, a ser una carga.
Miedo a que, cuando por fin diga que no puedo más, nadie esté ahí.
Y sin embargo…
Aquí estoy, reconociéndolo otra vez “en silencio” —siempre en palabras escritas y nunca directamente a la cara—:
No siempre puedo solo.
Y hoy, especialmente hoy… no estoy bien.
No soy feliz.
Y sí, necesito un abrazo.
Uno de verdad.
Uno que me recuerde que no tengo que cargar con todo, que pedir ayuda no me hace débil, que también merezco descansar, caer y volver a empezar.
Quizás algún día tenga el valor de decirlo en voz alta.
Mientras tanto, lo escribo aquí… porque al menos escribirlo ya es una forma de empezar a soltarlo.
Y tal vez, solo tal vez, sea el primer paso para aprender que incluso los fuertes también necesitan un lugar donde apoyarse.
Continuará…
Deja un comentario