Hoy he sentido algo difícil de explicar.
No fue un ataque de rabia, ni una caída emocional, ni un recuerdo que me atravesó de repente.
Fue… claridad.
Una claridad tan fría y tan limpia que, por un segundo, me dejó sin aire.
No sé en qué momento exacto ocurrió, pero hoy desperté distinto.
Hoy entendí que llevo demasiado tiempo sosteniendo cosas que jamás hicieron el esfuerzo de sostenerme a mí.
Cargando historias que ya expiraron.
Aguantando silencios que me rompían por dentro.
Poniendo el corazón donde ya no queda nada que lo merezca.
Y no es sólo por una persona.
No es solo por una herida.
No es solo por un amor que se torció ni por una decepción que me atravesó tarde.
Es todo.
Es la vida que estaba viviendo sin preguntarme si aún era mía.
Es el trabajo que me come los huesos mientras mi alma pide otra cosa.
Es la soledad que se ha vuelto rutina.
Es el cansancio de ser siempre el que sostiene, el que comprende, el que aguanta, el que nunca pide nada y siempre paga el precio.
Sí, hubo alguien que dejó marcas.
Pero no… esta vez no es por ella.
Ni por lo que hizo.
Ni por lo que no hizo.
Ni por lo que yo pensé que éramos.
Lo que siento hoy no es sobre “perderla”.
Es sobre haberme perdido yo demasiado tiempo.
Porque si algo me ha golpeado esta semana es darme cuenta de que no me estaba rompiendo por amor.
Me estaba rompiendo por costumbre.
Por lealtad mal dirigida.
Por no saber soltar lo que un día quise, aunque ya no existe.
Y eso sí duele.
Pero duele diferente.
Duele como duelen las cosas que ya se están yendo de verdad.
Hoy no siento rencor.
No siento odio.
Ni siquiera siento pena.
Siento cansancio.
Del profundo.
Del que te dice, sin gritar:
“Ya está, Óscar. Hasta aquí.”
Y es extraño… pero liberador.
Porque por primera vez en mucho tiempo no estoy pensando en si ella lo leerá, si le dolerá, si entenderá algo.
No me importa.
No le doy ese lugar.
No lo merece.
Hoy escribo solo para mí.
Para reconocerme.
Para nombrarme.
Para recuperarme.
Hoy cierro una etapa, no porque alguien me fallara, sino porque yo ya no quiero seguir fallándome a mí mismo.
Me he pasado un año luchando por cosas que no volvían, por afectos que no regresaban, por un trabajo que no me llena, por una vida que ya no siento mía.
Hoy dejo de insistir.
Hoy cae lo que tenía que caer.
Lo personal.
Lo profesional.
Lo emocional.
Lo que me dañaba.
Lo que me frenaba.
Lo que me apagaba.
Quien se sienta aludida, que lo gestione.
No escribo para señalar.
Escribo para soltar.
Yo me voy —de todo lo que no me sostiene.
De todo lo que ya no construye.
De todo lo que pide más de lo que da.
Y sí, duele.
Pero esta vez, el dolor no es derrota.
Es renacimiento.
El tipo de dolor que anuncia que lo próximo… por fin será mío.
Continuará…
Replica a Mi Viaje a la Lectura Cancelar la respuesta