—¿Y si el problema soy yo?
La pregunta aparece cada vez que algo se rompe.
Cada vez que alguien se aleja.
Cada vez que termino sintiendo que, por mucho que quiera hacerlo bien, algo dentro de mí acaba estropeándolo todo.
Y entonces empieza esa conversación silenciosa que tengo conmigo mismo.
—Quizá la vida me está enseñando que lo mejor es estar solo.
Así no molestas.
Así no decepcionas.
Así no haces daño.
Y durante unos segundos, esa idea parece incluso lógica.
Porque cuando uno carga culpa durante demasiado tiempo, termina creyendo que su ausencia es un regalo para los demás.
Pero entonces aparece otra voz.
Más tranquila.
Más incómoda.
Más honesta.
—¿De verdad eres un desastre de persona… o solo alguien que todavía está aprendiendo a sostenerse?
Y ahí me quedo callado.
Porque es mucho más fácil castigarme que comprenderme.
Es más sencillo decir “el problema soy yo” que aceptar que hay heridas que aún no sé gestionar bien.
Que hay miedos que todavía me dominan.
Que hay partes de mí que reaccionan desde el dolor y no desde la calma.
No soy perfecto.
He cometido errores.
He callado cuando debía hablar.
He amado desde la inseguridad algunas veces.
He intentado sostener cosas que ya estaban rotas.
Pero también me he quedado.
También he cuidado.
También he intentado mejorar incluso cuando nadie me obligaba a hacerlo.
Y quizá ahí está la diferencia.
Una mala persona rara vez se cuestiona el daño que causa.
Yo llevo demasiado tiempo haciéndolo.
Tal vez no soy un desastre.
Tal vez soy alguien agotado de luchar contra sí mismo.
Alguien que pasó demasiado tiempo creyendo que sentir mucho era un defecto.
Alguien que aprendió tarde a expresar lo que llevaba dentro.
Alguien que todavía está intentando entender cómo amar sin perderse.
Y quizá estar solo durante un tiempo no sea un castigo.
Quizá sea una pausa.
Un lugar donde reconstruirme sin el miedo constante a fallarle a alguien.
Porque hay algo que estoy empezando a entender:
No necesito desaparecer de la vida de los demás para dejar de hacer daño.
Lo que necesito es dejar de tratarme a mí mismo como si fuera irreparable.
Y eso…
eso también forma parte de sanar.
Continuará…
Deja un comentario