Hay hombres que no se alejan porque dejen de amar.
Se alejan porque están perdiendo la batalla contra sí mismos.
Y cuando alguien vive demasiado tiempo intentando sobrevivir por dentro, empieza a hacer algo terrible sin darse cuenta:
apaga partes de sí mismo para soportar el dolor.
Deja de hablar.
Deja de expresar.
Deja de pedir ayuda.
Y poco a poco termina alejando precisamente a las personas que más quiere.
No por falta de amor.
Sino por exceso de caos interno.
Porque cuando sientes que tu propio barco se está incendiando, tu instinto no es invitar a alguien a quedarse dentro contigo.
Tu instinto es intentar salvarla del fuego… aunque tú te quedes ardiendo.
Y quizá ahí estuvo uno de mis mayores errores.
Creer que callar era proteger.
Creer que cargar solo con todo era fortaleza.
Creer que mientras yo pudiera soportarlo, los demás no notarían el incendio.
Pero lo notan.
Lo nota la distancia.
Lo notan los silencios.
Lo nota la forma en la que alguien empieza a sentirse menos querido, menos importante, menos abrazado… aunque por dentro lo estés amando con toda el alma.
Y lo más triste es que muchas veces un hombre entiende todo esto demasiado tarde.
Cuando ya perdió a quien quería.
Cuando ya aprendió a hablar.
Cuando ya consiguió mirarse de frente y entender qué le estaba pasando realmente.
A veces no perdemos al amor de nuestra vida porque no existiera amor.
A veces lo perdemos porque estábamos demasiado rotos intentando sobrevivir a nosotros mismos.
Continuará…
Deja un comentario